“Que el Dios de la esperanza los llene de toda alegría y paz a ustedes que creen en él para que rebosen de esperanza por el poder del Espíritu Santo”

Romanos: 15-16

Hablar de esperanza siempre será un desafío en un mundo cada vez más complejo, avasallado por los rigores de la economía global, conflictos políticos, crisis sanitarias y hasta el cambio climático; sin embargo, el constructo de esperanza es mucho más poderoso y significativo que la suma de los rigores que muchas veces nos oprimen.

La esperanza es un valor intrínseco al optimismo, tal categorización no es reciente, pues su estudio comenzó en el siglo IV a. C., en el apogeo de la Grecia clásica. Los estoicos[1] fueron los primeros en hablar de esperanza como un valor de la naturaleza humana. Por otra parte, desde el punto de vista de la teología católica, la esperanza es una de las tres virtudes que Dios le donó al hombre, junto a la fe y la caridad (fe, esperanza y caridad).

La esperanza se asocia al estado de ánimo, a la fortaleza mental, a la autoestima, a la capacidad de los individuos de relacionarse armónicamente con las demás personas y el medioambiente.  

Muchas veces nos sentimos desesperanzados ante los problemas de la vida cotidiana. Situaciones familiares, laborales, comunitarias pueden llegar a romper nuestra fortaleza mental, debilitarnos y hacernos vulnerables. Con respecto a la vulnerabilidad, esta no es anormal, no es censurable, somos humanos y todos podemos en algún momento estar en una situación de vulnerabilidad, pero en esos momentos nuestro valor sale a flote, la fe en que las cosas mejorarán es lo que mejor describe la esperanza.

La esperanza es motivación para seguir adelante por muy intrincado que sea el camino; es la virtud de la espera con paciencia y con optimismo. No obstante, es importante aclarar que “estar esperanzado” no debe desencadenar en “aferrarse a imposibles”, algo que en la vida diaria ocurre con frecuencia. Hay situaciones en las que aferrarse no es saludable, como en las separaciones de parejas, por ejemplo, el divorcio, una situación que forma parte de la vida. Puede ocurrir que algún miembro de la pareja no acepta la ruptura y se mantiene “esperanzado” en una reconciliación imposible. También sucede con la muerte de alguien cercano, es el mismo principio. Para la psicoanalista e intelectual Julia Kristeva (1987)[2], el duelo por la pérdida es normal en un tiempo prudencial —que podría ser de tres meses— en el que la persona va aceptando la pérdida y abriga sentimientos esperanzadores de que ese ser amado está en un lugar mejor, y que la vida debe continuar su curso natural, se trata de “saber dejar ir” para ser feliz consigo y para contribuir con el bienestar de quienes nos rodean.

Pero cuando no se aceptan las separaciones ni las pérdidas por muerte —es el mismo principio— se corre el riesgo del desánimo, de la desesperanza; de sufrir depresión, de fracturar la autoestima, con lo que, a la vez, se fractura la relación con los familiares, con el entorno en general. Sobre este desenlace infortunado, Kristeva considera que cuando el duelo adquiere estos matices es necesaria la intervención de terceros, ya sean familiares o terapeutas.

No hay que olvidarnos de que la esperanza es una virtud, no permitamos que ese hermoso sentimiento de la espera se convierta en un motivo de angustia y desasosiego. En estos momentos en que la humanidad atraviesa la dura prueba de la pandemia de COVID-19, reforcemos nuestros valores, abriguemos la esperanza de que superaremos esta etapa, pero hagámoslo con sabiduría, con respeto por el otro y con amor.   


[1] El Estoicismo es una doctrina filosófica fundada por Zenon de Citio que propugnaba el valor ante la adversidad, la aceptación de los problemas para afrontarlos con mesura y optimismo. Los estoicos fueron los primeros en hablar de “esperanza” tal cual la entendemos hoy.

[2] Sol Negro. Depresión y Melancolía, 1987