«Lo blando es más fuerte que lo duro; el agua es más fuerte que la roca, el amor es más fuerte que la violencia». 

“Siddartha”, Hermann Hesse

En situaciones difíciles algunas personas destacan más que otras por la manera estoica en la que las afrontan, nadie sabe por qué son tan valientes, pero el valor no necesita una justificación, es una aptitud, es decir, una cualidad única de la personalidad, una forma de vida, un don que algunos llaman resiliencia.

En psicología, la resiliencia es la capacidad que tienen las personas para enfrentar circunstancias adversas o para recuperarse de situaciones traumáticas, a saber, la muerte de un ser cercano, un accidente, una pérdida laboral importante, separaciones dolorosas, incluso situaciones que afecten a grupos o comunidades específicas, como zonas inmersas en conflictos bélicos, crisis económicas, desplazamientos de refugiados, epidemias, desastres naturales, entre otras situaciones calamitosas.

   
Algunas personas actúan serenamente ante el infortunio, otras no parecen tener esa fortaleza mental y espiritual, pero la verdad es que la resiliencia está presente en todos, de manera que el ser humano de una forma u otra encuentra los caminos, las rendijas por las cuales enfrentar y reponerse a la adversidad, es la capacidad innata de la supervivencia; pese a ello, la psicología y neuropsicología consideran que hay factores neurológicos que inciden en que una persona pueda ser más resiliente que otra. Al respecto, el psicólogo Bernardo Peña Herrera  distingue ocho características de las personas resilientes:


1. Son capaces de detectar la causa de los problemas.

2. Saben manejar sus emociones.

3. Mantienen la calma en situaciones de mucha presión.

4. Son realistas.

5. Confían en sí mismas.

6. Son empáticas.

7. Son capaces de automotivarse.

8. No se preguntan por qué, sino cómo.


No obstante, a pesar de estas características distintivas, saber manejar las emociones, manejar la presión, automotivarse, mantener la calma, no solo es producto de una autoestima sana, también se trata de aceptar las debilidades y defectos, aprender de ellos y convertirlos en fortalezas, pues la negación no tiene cabida en la resiliencia. 


“Lo blando es más fuerte que lo duro, el agua es más fuerte que la roca…” reza esta hermosa frase de Hermann Hesse que sirve de epígrafe a este artículo, y es que el carácter fuerte de una persona no es lo mismo que la fortaleza de carácter, no es resiliente el que más levanta la voz y forcejea. Ser resiliente es estar abierto a los cambios por incómodos que sean, es buscar la solución en donde solo hay dudas, es la madurez de aceptar, enfrentar, aprender y crecer a partir los desencuentros de la vida cotidiana.